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José Antonio Herce

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Nº 214 - julio-agosto 2021

El cisne marrón no existe, aunque muchas especies del género Cygnus exhiben este carácter cromático en sus cuellos, plumas o plumones, en distintas etapas de su desarrollo. Pero un cisne enteramente marrón es muy raro de ver.

No obstante, dentro de la licencia que me he tomado en esta serie, afirmo que hay problemas económicos que constituyen un auténtico marrón cuando estos problemas son generalizados y se va dejando su solución para los que vienen detrás, una y otra vez, con lo que «el marrón» se hace cada vez más grande hasta que estalla en nuestras manos. El cisne marrón existe y sobrevuela majestuoso sobre los asuntos de los humanos, quienes los alimentamos opíparamente.

Y, a tenor también, de lo que es la clave analítica de esta serie, resulta que esos cisnes raros son más frecuentes de lo que se cree al tiempo que lo realmente raro, en economía al menos, es el cisne blanco. En verdad, hay muchos cisnes marrones, demasiados.

Desde la situación de la administración pública a la financiación autonómica pasando por la sostenibilidad de las pensiones, la reforma del gobierno de los jueces o la reforma de la educación. En todos estos casos y en los que caben entre ellos y alrededor, se va dejando la solución a los que vienen, se les pasa el marrón. Pero en lo que quiero simbolizar todos estos casos es en el problema severo de productividad que tenemos en la economía española.

Numerosos estudios que, afortunadamente, se van popularizando en nuestro país han recalcado solventemente que la «productividad total de los factores» (PTF) de la economía española lleva estancada o en regresión desde mediados de los años ochenta del siglo pasado. El PIB por ocupado (o por hora de trabajo efectivo) ha aumentado, claro que sí, pero porque la economía se ha capitalizado masivamente en el periodo, de muchas maneras y la productividad del capital se incorpora a la productividad aparente del trabajo, aumentándola. Pero una vez que se le da al capital lo que es del capital (estadísticamente hablando, que no quiero meterme en líos) pues resulta que todo lo que no sea acumulación de trabajo o capital brilla por su ausencia. La acumulación de conocimiento y otros intangibles, por ejemplo.

Esto es grave, y pasa constantemente. Pero pasa desapercibido porque las cohortes de trabajadores se suceden, cambian los comercios del barrio, se hacen más obras públicas, tenemos más rotondas o kilómetros de vía férrea, redecoramos las viviendas. Pero vamos postergando la acumulación del factor de todos los factores: el conocimiento. Pasamos ese marrón a los que nos siguen. Grave error. Porque si los que nos siguen están (es un decir) peor formados que nosotros, por ejemplo, no van a poder manejar el bulto mejor que nosotros.

Los nacederos de la PTF no son inmutables, algunos se secan con el tiempo, aunque se les cuide, pero más si no se les cuida. Otros brotan cuando, o donde, menos se lo espera uno y conviene hacer prospecciones de vez en cuando por si se descubre una emergencia en el terreno.

Nada de esto se improvisa. Los nacederos de la PTF son la innovación, la investigación, el emprendimiento, la inversión en tecnología, la transformación radical de los negocios. . La educación, por supuesto, que conduce a todo lo anterior. Y lo que los encauza evitando la evaporación y el desperdicio del flujo que aquellos generan son las buenas instituciones, no las instituciones bloqueadas o secuestradas por intereses espurios, la falta de competencia o las subvenciones inmerecidas o los impuestos confiscatorios.

La sociedad de consumidores, ahorradores, inversores (todos podemos serlo a la vez) también tiene su algo que decir en este proceso. Sus decisiones determinan en alguna medida las asignaciones de los recursos. El voto con los pies y con el bolsillo en los mercados, las corporaciones las instituciones es clave para hacer que unos agentes desaparezcan y otros fluyan. Pero no es tan fácil lograr que las elecciones sociales se alineen con la necesaria emergencia de los nacederos de la PTF. Hace falta mucho, pero mucho, trabajo para la alfabetización económica de la población, la formación avanzada de los jóvenes y la distribución del conocimiento entre todos y con el esfuerzo de todos. El conocimiento no se inocula como si fuera una vacuna contra la ignorancia, hay que trabajárselo cada uno.

Si seguimos sin ver que el vuelo recurrente del cisne marrón no augura nada bueno, acabaremos por ver como aquel estalla atiborrado de comida basura encima de nuestras cabezas.

José Antonio Herce es socio de LoRIS

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