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1/12/19
Autores
Mauro F. Guillén

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Nº 199 - Diciembre 2019 - Enero 2020

Entre los años sesenta y los ochenta Hong Kong era una de las cuatro economías tigre, junto con Singapur, Corea del Sur y Taiwán. Al igual que Singapur, era un enclave estratégico que ofrecía una base logística, financiera y empresarial de primer orden. Su reputación como uno de los principales centros de negocios del mundo se construyó sobre la base del derecho común inglés, la libertad económica y una mínima intervención del Gobierno (al contrario que en Singapur). Los sectores manufactureros ligeros (confección, calzado y electrónica), así como la banca y las finanzas, florecieron para envidia del resto del mundo. Mientras tanto, China era un país atrasado, lastrado por la Revolución Cultural y las luchas intestinas tras la muerte de Mao. La apertura hacia Estados Unidos todavía no había producido los efectos esperados.

En 1997 el Reino Unido transfirió la soberanía sobre Hong Kong a la República Popular de China, que se comprometió a respetar la autonomía de la excolonia durante al menos medio siglo. Hong Kong continuó creciendo y diversificando su economía, pero los temores y las semillas del declive quedaron ineludiblemente sembrados. Desde entonces, Hong Kong ha perdido terreno progresivamente a tres ciudades en ascenso. El negocio logístico de transporte de mercancías ha crecido con mayor rapidez en Shenzhen, a pocos kilómetros al norte. Aunque todavía se trate de una plaza financiera incipiente, Shanghái terminará siendo la capital financiera de China, recuperando así la posición que ostentaba antes de la revolución maoísta. Y Singapur se presenta en la actualidad como un centro de negocios más atractivo para las grandes multinacionales.

Los disturbios que comenzaron en junio de 2019 han acelerado este proceso de declive y amenazan con destruir la reputación de Hong Kong, que tanto costó construir a lo largo de las décadas. Las reivindicaciones de los manifestantes son legítimas y además son consistentes con algunos de los factores que siguen apuntalando a Hong Kong como enclave comercial. En particular, el imperio de la ley y la independencia de los tribunales es uno de los aspectos que las empresas y los inversores más aprecian. Pero también es cierto que la virulencia y la longevidad de las protestas aumentan la incertidumbre sobre el futuro del enclave.

Resulta instructivo comparar la evolución de Hong Kong con la de Macao, la excolonia portuguesa cuya soberanía cambió en 1999. Se trata de una economía muy concentrada en el turismo y los juegos de azar, pero que está experimentando un momento dorado. La evolución de la relación entre estas dos regiones administrativas especiales y el Gobierno de China es importantísima para el futuro de Taiwán, así como para la prosperidad de China en su conjunto. Si el conflicto en Hong Kong se vuelve crónico, las acusaciones cruzadas dominarán el escenario político y económico en el mar del Sur de China por muchos años. Urge ahora canalizar el conflicto y eliminar las fuentes de incertidumbre que amenazan el futuro económico de una parte esencial para la economía global.

Mauro F. Guillén es catedrático de Dirección Internacional de la Empresa en la Wharton School, así como miembro del Consejo Académico de Afi Escuela de Finanzas

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